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La región se extiende desde las últimas estribaciones de la Cordillera de los Andes hasta el Océano Atlántico y desde el río Colorado hasta los confines de nuestro continente. El paisaje está formado por mesetas, serranías y valles que desde los faldeos cordilleranos descienden escalonadamente hacia el este.
La zona ha sufrido pocos cambios en los últimos milenios y predominan en ella los suelos petro-arenosos en los que existen, además, densas acumulaciones de antiguas cenizas y rocas volcánicas. El clima se caracteriza por vientos fuertes que soplan desde el oeste. Los inviernos son fríos y los veranos templados y secos, con marcadas amplitudes térmicas.
Pese a que durante años fue mal llamada “desierto”, esta región evolucionó de forma muy particular a través de millones de años, lo que generó las más diversas formas de vida. La vegetación es achaparrada, espinosa, de colores suaves y hojas pequeñas; se destacan los espinos, coirones y neneos. La fauna está compuesta por guanacos, zorros, choiques, piches, maras, pumas, águilas y cóndores, entre otros animales.
El hombre, como no podía ser de otra manera, no ha permanecido ajeno a esta geografía y habita estos confines desde hace aproximadamente 12.000 años. En este sentido, es posible reconocer dos grandes grupos: los Aoniken al sur y los Gununaken al norte. Tanto uno como otro se caracterizaron por sus costumbres nómades, circunstancia que los transformó en cazadores y recolectores. Su vida puede “leerse” en los testimonios que han dejado tras de si. El arte rupestre, entre otros, es uno de ellos. |